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En el siglo XVIII, Aranjuez experimentó un esplendor sin igual como Sitio Real bajo la monarquía de los Borbones. Este auge se consolidó durante el reinado de Felipe V, el primer monarca de la dinastía Borbón en España. Felipe V, criado en Francia, llevó consigo la tradición de disfrutar de lujosas mansiones de recreo, transformando dos de sus preferidas en España: La Granja de San Ildefonso y el Real Sitio de Aranjuez.
El cambio en la fisonomía de Aranjuez fue notable, con desmontes, avenidas ajardinadas y canalizaciones para el riego que convirtieron la región en un vergel. Felipe V, afectado por la melancolía y la opresión del Alcázar de los Austrias en Madrid, estableció un ritual anual de visitas a los Sitios Reales, destacando Aranjuez como su refugio primaveral.
La Corte borbónica, siguiendo la tradición de otras cortes europeas, buscaba escapar del calor y las enfermedades estivales, trasladándose de Aranjuez a La Granja en verano. Felipe V, hipocondríaco, consideraba estos lugares como su terapia personal, llegando incluso a abdicar en su hijo Luis para dedicarse a la contemplación, aunque la prematura muerte de este último lo devolvió al trono.
A pesar de la preferencia de Felipe V por la caza, la pesca y la música, la vida cortesana en Aranjuez no adoptó la frivolidad de otras cortes europeas. La rutina diaria estaba marcada por el protocolo riguroso, con descripciones satíricas de los eventos, como la de Marqués de la Villa de San Andrés, que ilustra las complejidades de cubrirse frente al rey.
Tras la muerte de Felipe V, su sucesor Fernando VI valoró Aranjuez, prefiriéndolo incluso a La Granja. La reina Bárbara de Braganza buscaba en Aranjuez recrear la pompa de las cortes francesas durante la primavera. Sin embargo, la sorprendente decisión de Fernando VI de presidir la procesión del Corpus, suspendida durante veinte años, mostró su inclinación hacia tradiciones más arraigadas.
En 1748, un devastador incendio en el palacio aceleró los planes de Fernando VI para expandir y mejorar Aranjuez. En 1750, ordenó al arquitecto real Santiago Bonavía remodelar el palacio y trazar una nueva villa. Este cambio complació a la reina Bárbara, amante de organizar fiestas, como la celebración del día de San Fernando.
Con la sucesión de Carlos III en 1759, Aranjuez continuó siendo un centro de interés. Carlos III, apasionado por la caza, la experimentación agrícola y ganadera, impulsó mejoras en infraestructuras y construcciones civiles, religiosas y fabriles en el Real Sitio.
Carlos IV, sucediendo a Carlos III en 1788, mantuvo el interés por los Sitios Reales y contribuyó con mejoras y construcciones notables. A pesar de la Guerra de la Independencia y el siglo XIX, la monarquía española continuó la tradición de pasar las primaveras en Aranjuez hasta 1890.
A través de los sucesivos reinados, Aranjuez se convirtió en un testigo silencioso de las complejidades y transformaciones de la monarquía española. Las estancias primaverales en este idílico rincón, lejos de ser simples momentos de recreo, fueron escenarios donde las decisiones políticas y los vaivenes personales de los monarcas se entrelazaron con la naturaleza exuberante del Real Sitio. La evolución de Aranjuez refleja no solo el gusto y las preferencias de los Borbones, sino también la interacción única entre la majestuosidad de la realeza y la serenidad de la naturaleza, marcando así un capítulo distintivo en la historia de este encantador municipio.