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Palencia, enclavada en la vasta y majestuosa llanura de la Tierra de Campos, es una ciudad que combina la serenidad de la naturaleza con la riqueza de su patrimonio histórico y cultural. A simple vista, podría parecer un rincón tranquilo de Castilla y León, pero quienes se adentran en sus calles y paisajes descubren un tesoro oculto, lleno de emociones y contrastes que reflejan siglos de historia. Aquí, el tiempo parece detenerse, permitiendo al visitante vivir una experiencia en la que cada paso está impregnado de arte, tradición y belleza natural.
El río Carrión, con su curso tranquilo y constante, es el alma que atraviesa Palencia. Este río, que ha moldeado la vida de la ciudad desde tiempos ancestrales, la divide en dos partes, creando a su paso islas naturales como el Sotillo de los Canónigos, un parque que respira historia. En sus orígenes, este lugar era un espacio de paseo y reflexión para los canónigos de la catedral, un refugio espiritual en medio de la naturaleza. Hoy en día, el Sotillo sigue siendo un pulmón verde para la ciudad, un espacio donde se mezcla la historia y la vida cotidiana. Aquí, las familias pasean los fines de semana, los deportistas recorren sus caminos y los amantes de la naturaleza encuentran un oasis de tranquilidad en medio de la urbe.
El Puente Mayor, con su imponente estructura de piedra, es un testimonio de la ingeniería del siglo XVI. Este puente, que une las dos orillas del río Carrión, no es solo una vía de comunicación, sino un símbolo de la Palencia histórica. Desde su estructura se puede contemplar la fuerza serena del río, que en esta zona crea pequeños saltos de agua y cascadas que parecen acariciar la ciudad, antes de dividirse nuevamente en la isla Dos Aguas. Esta última isla, un remanso verde entre las corrientes del Carrión, es un lugar perfecto para el ocio y la relajación, con sus parques y modernas instalaciones deportivas, donde los habitantes de Palencia encuentran un equilibrio perfecto entre la naturaleza y la vida activa.
El Cristo del Otero, la imponente figura que se alza sobre la ciudad desde el cerro del mismo nombre, es una obra que no deja indiferente a nadie. Esta monumental escultura del Sagrado Corazón de Jesús, una de las más grandes del mundo, fue creada por el célebre escultor Victorio Macho, y se ha convertido en un símbolo ineludible de Palencia. Desde lo alto del cerro, el Cristo observa la ciudad, sus brazos extendidos en un gesto de protección y bendición. Subir al cerro del Otero es un viaje no solo físico, sino también emocional. La vista panorámica que se ofrece desde allí es sencillamente espectacular: la ciudad se despliega a los pies del visitante, con el río Carrión serpenteando entre sus calles, y más allá, los vastos campos castellanos que parecen extenderse infinitamente bajo el cielo azul. Contemplar Palencia desde el Cristo del Otero es comprender su historia, su grandeza discreta y su conexión profunda con la tierra que la rodea.
Uno de los mayores tesoros de Palencia es su Catedral, la “Bella Desconocida”. Este majestuoso templo, uno de los más grandes de España, guarda en su interior una riqueza artística que impresiona a todo aquel que la visita. Construida entre los siglos XIV y XVI, su arquitectura es una mezcla perfecta de estilos gótico, renacentista y barroco, con detalles que parecen contar las historias de los siglos que la vieron crecer. Al entrar en la catedral, el visitante es recibido por una inmensa sensación de paz y grandeza. Sus naves, altas y solemnes, parecen elevar el espíritu hacia lo divino, mientras que las vidrieras multicolores filtran la luz del sol, creando juegos de sombras y luces que dotan al lugar de una atmósfera mística. Los retablos, las capillas laterales y el claustro son auténticas obras maestras del arte religioso, y cada rincón parece esconder un tesoro: desde la sillería del coro hasta el trascoro, cada detalle ha sido esculpido y pintado con una dedicación que asombra.
Pero la historia de Palencia no solo se encuentra en sus grandes monumentos religiosos. La Calle Mayor, el corazón de la ciudad, es un hervidero de vida. Esta vía, que ha sido el eje comercial y social de la ciudad durante siglos, está flanqueada por edificios históricos que narran la evolución de Palencia a lo largo del tiempo. Aquí, la vida moderna se mezcla con la tradición. Bajo sus soportales, las tiendas y cafés se llenan de gente, mientras que sobre ellos se alzan palacetes y casas señoriales que datan de diferentes épocas. En este paseo se encuentra también la Plaza Mayor, un espacio donde la vida pública y las celebraciones populares han tenido lugar desde el siglo XVII. Rodeada de soportales y presidida por el Ayuntamiento, la plaza es un centro de reunión donde los palentinos disfrutan de su ciudad, ya sea durante las festividades de Semana Santa, con sus procesiones solemnes y conmovedoras, o en la Romería de Santo Toribio, una de las tradiciones más arraigadas de la ciudad.
Entre los monumentos civiles de mayor relevancia destaca el Palacio de la Diputación, una joya arquitectónica de estilo neorrenacentista que representa la magnificencia de la arquitectura palentina del siglo XX. Este edificio, con su imponente fachada y sus detalles ornamentales, alberga en su interior obras de artistas locales, que son un reflejo del talento y el arte que han florecido en esta tierra.
El Puente de Puentecillas, el más antiguo de la ciudad, es un vestigio del pasado romano de Palencia. A lo largo de los siglos, este puente ha sido testigo del paso de generaciones de palentinos, y hoy en día es un tranquilo lugar de paseo. En una de sus entradas se encuentra el Bolo de la Paciencia, una escultura que invita a la reflexión y a la serenidad, características que parecen estar grabadas en el alma de esta ciudad.
A las afueras de Palencia, el Canal de Castilla nos recuerda el papel clave que jugó este impresionante proyecto hidráulico en la economía y el desarrollo de la región. La dársena de Palencia, con su ramal conocido como “El Ramalillo”, fue en su día un punto neurálgico para el comercio fluvial, y aunque hoy ha perdido su función original, ha sido rehabilitada como un lugar de interés turístico. Pasear por sus orillas es como viajar al pasado, a una época en que las barcazas cargadas de trigo surcaban el canal, conectando Palencia con el resto de Castilla. El Museo del Agua, ubicado junto a la dársena, ofrece un fascinante recorrido por la historia del canal y su importancia para la vida de los palentinos, revelando los secretos de esta obra de ingeniería que durante tanto tiempo fue el motor económico de la región.
Palencia es una ciudad que enamora a quien se atreve a descubrirla. Llena de contrastes, de historias, de paisajes y de monumentos que respiran historia y vida, es un lugar donde el visitante puede perderse en sus calles, en sus parques, y sobre todo, en su alma. Porque Palencia no solo es un destino turístico; es una ciudad que se vive, que se siente, y que deja una huella imborrable en el corazón de quien la visita.