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  • Grijota, una joya escondida en la provincia de Palencia, es mucho más que un tranquilo municipio castellano. Este rincón de Castilla y León destila una energía única que combina su rico pasado con un presente vibrante. A solo 5 kilómetros de la capital provincial, su cercanía a Palencia le confiere una ubicación privilegiada, pero lo que hace de Grijota un lugar especial es su corazón, sus calles, sus paisajes y su historia.

    Ubicada en una de las zonas con mayor expansión urbanística de la provincia, Grijota ha sabido evolucionar sin perder su esencia rural, una hazaña que pocos pueblos logran cuando la modernidad los alcanza. En las últimas décadas, urbanizaciones como La Verdeguera, Dos Pasos y Ciudad del Golf han brotado en su paisaje, transformando áreas antes reservadas para la agricultura en comunidades modernas, sin desdibujar la personalidad histórica de la localidad. Estas nuevas áreas atraen a familias jóvenes y profesionales que buscan la tranquilidad de la vida campestre, pero sin renunciar a las comodidades de la ciudad cercana. A pesar de este crecimiento, en cada rincón de Grijota sigue viva la sensación de un tiempo pausado, de una comunidad que sigue recordando sus raíces y costumbres. Los nuevos residentes no solo encuentran en Grijota una base de descanso, sino un entorno donde la naturaleza y la historia se abrazan, donde el pasado no es un simple recuerdo, sino una parte activa del presente.

    Los visitantes que llegan a Grijota lo hacen de manera sencilla, por rutas que parecen diseñadas para llevarlos desde el bullicio de la ciudad hasta la calma del campo en cuestión de minutos. Al tomar la salida de la variante norte de Palencia o seguir la ruta desde la Avenida de Asturias, pronto se encuentran con el Puente de Don Guarín, una obra icónica que actúa como un portal entre dos mundos. Cruzarlo es dejar atrás la velocidad de la vida urbana para entrar en un espacio donde el aire fresco parece más limpio, y los paisajes agrícolas se despliegan en todo su esplendor. En cada curva de la carretera, se siente cómo el ritmo de la vida cambia, invitando a los visitantes a reducir su marcha, a observar con más calma. En este trayecto, las rotondas y desvíos actúan como pequeñas puertas que guían hacia los secretos de la localidad, una especie de preludio a la experiencia que está por descubrirse en Grijota.

    En el corazón de este pueblo late la Iglesia de la Santa Cruz, una construcción robusta y majestuosa que se ha convertido en el alma de Grijota. Construida a finales del siglo XVI, esta iglesia no es solo un lugar de culto, sino también un recordatorio de la maestría y dedicación de aquellos que la erigieron. El cantero cántabro Juan de la Cuesta, con su trabajo en la torre en 1591, le otorgó una majestuosidad que ha resistido el paso del tiempo. Los muros de la iglesia, desgastados por los siglos, parecen susurrar historias de generaciones pasadas, de bautizos, bodas y funerales, de una comunidad unida en sus alegrías y sus penas. Al entrar en la iglesia, el visitante no puede evitar sentir una profunda reverencia, como si la atmósfera del lugar estuviera impregnada de una solemnidad que trasciende lo religioso. Cada rincón de la iglesia tiene una historia que contar, y la torre, firme y protectora, parece ser el guardián silencioso de todos esos relatos.

    Muy cerca de la iglesia, en una pequeña loma que invita a la introspección, se alza la Ermita de Nuestra Señora de los Ángeles, un templo que data del siglo XIII y que, a lo largo de los años, ha visto pasar generaciones de fieles que buscan consuelo y guía espiritual. La ermita es un lugar sencillo, con una arquitectura que refleja la austeridad de la época en la que fue construida: bóvedas apuntadas y una nave modesta que no pretende deslumbrar con ornamentos, sino con su propia autenticidad. Lo más impactante de este templo, sin embargo, es lo que alberga en su interior: la talla del Cristo de la Salud, una obra del siglo XIV que, con su serenidad y su expresión serena, invita a la contemplación. No es raro que quienes entran en la ermita sientan que el tiempo se detiene, que el peso de la historia y la fe los envuelve, creando un espacio donde el visitante puede desconectar del mundo exterior y conectarse consigo mismo. La ermita no solo es un lugar de culto, sino también un refugio espiritual, un rincón donde la paz y la devoción se funden en perfecta armonía.

    Pero si hay algo que destaca en Grijota, es su relación con el Canal de Castilla, una de las obras de ingeniería más importantes de la España del siglo XVIII. A su paso por el municipio, el canal deja un rastro de historia que aún hoy sigue fascinando a quienes lo visitan. Aquí, la esclusa del Canal de Castilla se erige como un recordatorio del ingenio de antaño, un conjunto de cantería que en sus días de gloria permitió que las barcazas transportaran cereal por la vía fluvial, sorteando los desniveles de la tierra. Aunque las esclusas originales han desaparecido, en su lugar queda una mecánica, como una especie de testamento que espera ser restaurado. Diversos proyectos de rehabilitación han sido propuestos, pero, hasta la fecha, ninguno se ha materializado. No obstante, la esperanza de devolverle a este rincón su esplendor sigue viva, como un anhelo colectivo de quienes reconocen la importancia de preservar su legado.

    Otro de los tesoros arquitectónicos de Grijota es la Casa Rectoral, popularmente conocida como la "Casa del cura". Aunque su nombre sugiera una conexión estrecha con la vida religiosa del pueblo, este edificio es mucho más que eso: es un emblema de la vida comunitaria y del pasado rural de Grijota. A su alrededor, las historias de las generaciones que han pasado por allí resuenan entre sus muros.

    Grijota también forma parte del Camino Lebaniego Castellano, una de las rutas de peregrinación menos conocidas pero no por ello menos impactantes. Quienes transitan por este camino se sumergen en un viaje espiritual y físico que conecta con lo más profundo de la tradición jacobea, siguiendo las huellas de antiguos peregrinos que, desde tiempos inmemoriales, cruzaban estas tierras en su búsqueda de paz y redención.

    La vida en Grijota no sería la misma sin su mercado semanal y las ferias que llenan de color y alegría las calles del pueblo. Aquí, los vecinos se reúnen para celebrar su identidad, para compartir historias y para honrar a sus patronos. Las fiestas patronales, que tienen lugar en honor a San Antonio de Padua en la semana del 13 de junio, son un derroche de emociones. Las calles se llenan de música, danzas y tradiciones que han sido transmitidas de generación en generación, haciendo que tanto los residentes como los visitantes se sientan parte de una comunidad unida por la fe y el amor a su tierra.

    Grijota es más que un simple municipio de la provincia de Palencia. Es un lugar donde la historia, la fe y la modernidad convergen, ofreciendo a quienes lo visitan una experiencia inolvidable. Desde sus monumentos y paisajes hasta el calor humano de sus habitantes, este pequeño rincón de Castilla y León deja una huella imborrable en el corazón de quienes tienen el privilegio de descubrirlo.