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Saldaña, una joya enclavada en el corazón de la provincia de Palencia, se alza majestuosa a orillas del río Carrión, como un testigo eterno del paso del tiempo y de la rica historia que ha moldeado su destino. Esta villa, centro neurálgico de la comarca Vega-Valdavia, es mucho más que un simple municipio: es un crisol de leyendas, arquitectura, y relatos que entretejen pasado y presente, ofreciendo a quienes la visitan un viaje a través de los siglos.
Hablar de Saldaña es evocar inmediatamente la imponente figura de su castillo, cuyas ruinas aún se elevan como un eco silencioso de su antigua grandeza. El castillo, hoy en estado ruinoso, fue testigo de algunos de los episodios más vibrantes de la historia medieval. Su memoria se entrelaza con la leyenda de los Condes de Saldaña y, sobre todo, con la épica de Bernardo del Carpio, hijo del Conde Sancho Díaz y de la princesa Ximena. La unión de ambos, prohibida por el rey Alfonso II, marcó el inicio de una de las historias más conmovedoras de la época. El conde fue encarcelado por orden real, mientras que su amada Ximena fue enviada a un monasterio. En cada piedra que yace en los alrededores del castillo se respira esta tragedia de amor y traición, una saga que sigue resonando en la literatura popular, manteniendo vivo el espíritu de Saldaña.
Pero la historia de la villa no se detiene en las leyendas. En la alta Edad Media, Saldaña fue cabeza del Condado de Saldaña-Carrión, cuyos condes, miembros de la poderosa familia Beni Gómez, jugaron un papel crucial en las revueltas contra el Reino de León, marcando el devenir político de la región. Estas rebeliones no solo alteraron los destinos de Castilla y León, sino que forjaron el carácter indómito y orgulloso de Saldaña y su gente.
A lo largo de los siglos, el Castillo de los Duques del Infantado se ha mantenido como el símbolo de la resistencia y la defensa de la villa. Este bastión, cuyas primeras estructuras datan del siglo VIII, cuando Alfonso I reconquistó el enclave a los musulmanes, ha sido testigo de asedios, destrucción y reconstrucción. Los restos que hoy observamos, construidos entre los siglos X y XI, guardan entre sus muros el eco de batallas pasadas y de noches en las que los condes contemplaban las estrellas desde sus almenas, protegiendo a la población de las amenazas externas. Su colosal muro sigue siendo un testamento mudo del poderío que una vez tuvo, ahora declarado Bien de Interés Cultural.
Si hay un lugar en Saldaña que palpita con el latido de su gente, es la Plaza Vieja. Conocida también como la Plaza de los Francos o la Plaza de los Marranos, su historia está impregnada de vida y comercio. Aquí, durante siglos, los habitantes de la villa han intercambiado bienes, noticias y miradas. Las vigas de madera que sostienen sus soportales han sido testigos silenciosos de risas, de discusiones y de la vibrante actividad que aún hoy, cada martes, convierte a la plaza en un bullicioso mercado. Las columnas de piedra que sustentan la arquitectura de la plaza parecen susurrar las historias de los judíos y comerciantes que, en épocas pasadas, daban vida a este lugar.
Fue en este mismo rincón donde, en 1128, tuvo lugar la boda real de Alfonso VII con Berenguela de Barcelona, un evento que llenó de majestuosidad y fiesta las calles de Saldaña. En honor a la ocasión, se celebró una corrida de toros en esta plaza, marcando el inicio de la tradición taurina en España. Desde entonces, la Plaza Vieja no solo es un testimonio arquitectónico, sino también un corazón palpitante que ha visto pasar siglos de historia.
La Iglesia de San Pedro, levantada en el siglo XVI, es un ejemplo sublime del arte religioso que define la esencia espiritual de Saldaña. Con su artesonado mudéjar y los retablos barrocos, esta iglesia es mucho más que un edificio: es un santuario que guarda en su interior la historia de la villa romana de La Olmeda, uno de los yacimientos arqueológicos más importantes de la región. A lo largo de los siglos, San Pedro ha sido testigo de bodas, bautizos, funerales y romerías, siendo siempre el centro de la vida espiritual y comunitaria de Saldaña.
Por otro lado, la Iglesia de San Miguel, documentada desde el siglo XIV, nos recibe con una austeridad exterior que contrasta con la belleza de su interior. Sus columnas decoradas con sogueado y bolas, y las joyas artísticas que alberga en su interior, nos transportan a épocas de esplendor y devoción. Es un lugar donde el silencio invita a la reflexión, donde cada rincón nos habla de siglos de fe y cultura.
Y no podemos olvidar la Casa Torcida, una peculiar construcción que se ha convertido en uno de los emblemas más curiosos de Saldaña. Este edificio de finales del siglo XVI parece desafiar las leyes de la gravedad con su inclinación, alimentando teorías sobre si fue un error de construcción o una ingeniosa adaptación para facilitar el comercio del grano. Hoy, rehabilitada por completo, se ha transformado en un acogedor establecimiento hostelero, permitiendo a los visitantes experimentar de primera mano la fusión entre pasado y presente.
A pocos kilómetros de la villa, se encuentra la Ermita de Nuestra Señora del Valle, un santuario que no solo es centro espiritual de Saldaña, sino también de los veinticinco pueblos de la comarca. La ermita, construida en el siglo XVIII, está cargada de leyendas que la vinculan a la Reconquista. La imagen de la Virgen, pequeña y policromada, es una reliquia románica primitiva que, según la tradición, ayudó al rey Alfonso I a conquistar el castillo de Saldaña en el siglo VIII. Cada 8 de septiembre, los fieles se congregan en una romería impresionante, donde la devoción y la fe alcanzan su punto álgido en la procesión solemne, subastándose los brazos de las andas de la Virgen. Este es un día en el que la tradición y la espiritualidad se entrelazan, y donde Saldaña se convierte en un lugar de peregrinación para todos aquellos que buscan un momento de conexión con lo divino.
Saldaña no es solo un testimonio del pasado; es una villa que sigue viva, que sigue evolucionando. Sus mercados semanales, con privilegio concedido en el siglo XVI, son un recordatorio de la vitalidad de esta comunidad, donde las tradiciones se mantienen intactas y el comercio sigue siendo el motor de la vida local.
El Puente Viejo, que cruza el río Carrión, es otra muestra de la pericia arquitectónica que ha perdurado a lo largo de los siglos. Este puente, construido entre los siglos XVI y XVII, ha sido testigo de los pasos de generaciones de saldañeses, quienes cruzaban sus arcos de piedra en su día a día, conectando las orillas del río y las historias de aquellos que vivieron en ambas márgenes.
Saldaña, con su mezcla de historia, leyenda y vida moderna, es un lugar que invita a ser descubierto. Sus piedras, sus muros y sus plazas no son solo vestigios de un tiempo pasado; son un recordatorio vibrante de la riqueza de su cultura y la fuerza de su gente. Aquí, cada rincón tiene una historia que contar, cada edificio guarda un secreto, y cada visitante puede sentir cómo el pasado sigue latiendo bajo la superficie, aguardando a ser desvelado. Saldaña no es solo un lugar en el mapa, es una experiencia, un viaje en el tiempo lleno de emoción, historia y vida.