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  • Ciudad Rodrigo, enclavada en la provincia de Salamanca, es más que una ciudad; es una ventana abierta al pasado, donde las leyendas cobran vida y cada piedra murmura historias que desafían al tiempo. Situada en plena Meseta Norte, esta ciudad majestuosa, catalogada como uno de los Pueblos Más Bonitos de España, se alza imponente sobre la vega fértil del río Águeda, un río que, como un escultor paciente, ha moldeado el paisaje y nutrido estas tierras desde tiempos inmemoriales. Su entorno de terrazas naturales y dehesas típicas de Salamanca no es solo un telón de fondo, sino el alma misma de este lugar, donde la historia y la naturaleza se entrelazan en una danza eterna.

    Al cruzar las murallas de Ciudad Rodrigo, el visitante siente de inmediato una energía especial, casi como si el pasado aún respirara en el aire. Estas murallas, levantadas en el siglo XII por orden del rey Fernando II de León, no son simples estructuras defensivas. Son los guardianes silentes de una ciudad que fue frontera, que resistió asedios y batallas, y que hoy sigue de pie, más fuerte y más orgullosa que nunca. Con sus más de dos kilómetros de perímetro, estas murallas abrazan el casco antiguo como un padre que protege a su hijo. Al atravesar la Puerta del Sol, la más emblemática de las cinco que custodian la ciudad, te invade la sensación de estar caminando por los mismos senderos que reyes, soldados y poetas transitaron siglos atrás. Los ecos de las batallas, de los tambores de guerra y de las victorias celebradas aún parecen resonar entre los muros.

    El Castillo de Enrique II, mandado construir por este rey en el siglo XIV, es una fortaleza que domina el horizonte como un coloso de piedra. Desde sus torres, uno puede imaginarse a los vigías oteando el horizonte, esperando avistar a los ejércitos que venían a reclamar esta joya estratégica. Hoy, el castillo ha sido transformado en un Parador Nacional, un lugar donde los visitantes pueden dormir entre muros que han presenciado siglos de historia, batallas encarnizadas y noches de festejos reales. El aire que rodea la torre caballera, añadida en el siglo XV, parece vibrar con la misma energía que durante las épocas de asedio, como si el espíritu guerrero de la ciudad nunca hubiese desaparecido. Dormir en este castillo es más que una estancia; es una inmersión profunda en las entrañas de la historia, donde los susurros de los fantasmas del pasado acompañan el sueño.

    Y si el castillo es el cuerpo de la ciudad, la Catedral de Santa María es su alma. Este majestuoso templo, que comenzó a levantarse en el siglo XII y cuya construcción se extendió hasta el siglo XIV, es un testimonio monumental de la fe y la devoción de los hombres que vivieron en esta tierra. Al entrar, uno no puede evitar sentirse diminuto frente a las altísimas bóvedas, los intrincados detalles románicos que se fusionan con las primeras pinceladas góticas, y las ventanas por las que se filtra una luz mística que parece bendecir cada rincón del edificio. La catedral no es solo un lugar de culto, es un portal a otra dimensión, donde el tiempo parece detenerse y la espiritualidad se materializa en cada columna, en cada piedra. La torre, construida entre los siglos XVIII y XIX, se eleva al cielo como un faro de esperanza y resistencia, un símbolo de la conexión inquebrantable entre Ciudad Rodrigo y su historia religiosa.

    Al recorrer las calles empedradas del centro histórico, cada paso se siente como un viaje en el tiempo. En la Plaza Mayor, el corazón palpitante de la ciudad, se alza la Casa Consistorial, una obra maestra del Renacimiento castellano que data del siglo XVI. Su fachada renacentista, con sus elegantes arcos y su imponente estructura, ha sido testigo de los momentos más cruciales en la vida de la ciudad. Aquí, en este mismo lugar, se han tomado decisiones que han cambiado el rumbo de la historia local. En el siglo XX, se añadió un ala adicional, como si la ciudad quisiera perpetuar su grandeza, ampliando no solo sus edificios, sino también su legado.

    No muy lejos de allí, la Casa del Primer Marqués de Cerralbo y la majestuosa Capilla de Cerralbo evocan un pasado aristocrático lleno de intrigas y poder. El Palacio, situado en plena Plaza Mayor, data del siglo XVI y es un claro ejemplo de la riqueza y el esplendor de las familias nobles que controlaron esta tierra durante siglos. Su capilla, construida en estilo herreriano, fue un desafío a la misma catedral, levantada para rivalizar en magnificencia y elegancia. Aún hoy, su retablo de madera de nogal y las obras de arte que alberga son testimonio de la grandeza de la familia Pacheco. Cerrar los ojos en esta capilla es casi como escuchar las oraciones silenciosas de generaciones que descansan bajo sus muros.

    La historia de resistencia de Ciudad Rodrigo también se refleja en la Plaza de Herrasti, un espacio dedicado al coraje de aquellos que defendieron la ciudad con sus vidas. El monumento al general Andrés Pérez de Herrasti, defensor heroico durante la Guerra de la Independencia, y la tumba de Julián Sánchez “el Charro”, uno de los guerrilleros más célebres de esa época, son recordatorios constantes de que esta ciudad no solo es una joya arquitectónica, sino también un baluarte de lucha y valentía. Aquí, la memoria de aquellos que se enfrentaron a los invasores franceses sigue viva, y caminar por esta plaza es sentir la fuerza de su espíritu indomable.

    Ciudad Rodrigo es, sin lugar a dudas, un tesoro oculto que guarda en su seno siglos de historia, leyendas, y batallas. Es un lugar donde cada calle, cada edificio y cada piedra tienen una historia que contar.