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Candelario, un pintoresco municipio enclavado en la provincia de Salamanca, es mucho más que un simple pueblo de montaña. Situado en el corazón de la majestuosa Sierra de Béjar, este rincón de Castilla y León ha preservado su esencia a lo largo de los siglos, integrando armoniosamente naturaleza, tradición y arquitectura. Cada uno de sus rincones parece contar una historia, marcada por el devenir del tiempo y las generaciones de familias que han hecho de este lugar su hogar. Las elevaciones que rodean Candelario, alcanzando más de 2 mil metros de altura, son testigos silenciosos de su rica historia, ofreciendo un paisaje espectacular que cambia de tonalidades con el paso de las estaciones. Los densos bosques de robles y castaños, que tapizan las montañas, se transforman con el ciclo natural, tiñendo el horizonte de verdes vibrantes en primavera y verano, y de dorados y ocres intensos en otoño. Este entorno no solo es un deleite para los sentidos, sino que ofrece un refugio para el alma, un espacio donde la tranquilidad y la belleza natural se entrelazan, invitando a la contemplación y la desconexión de la vida moderna.
Caminar por las empinadas y serpenteantes calles de Candelario es como emprender un viaje en el tiempo. La arquitectura tradicional del lugar, con sus características batipuertas, muros anchos de piedra y balcones de madera, nos habla de una forma de vida que ha perdurado generación tras generación. Las batipuertas, símbolos icónicos de Candelario, no solo tienen una función estética, sino que nacen de la necesidad y la tradición. En el pasado, estas puertas servían como una barrera protectora durante las matanzas, permitiendo que las familias mantuvieran las puertas principales abiertas sin perder seguridad, mientras las reses eran apuntilladas en la calle. Esta práctica, junto con las regaderas —pequeños canales de agua cristalina que recorren las calles, llevada desde los neveros de la sierra— revela cómo los habitantes de Candelario han sabido adaptar su vida diaria a las duras condiciones del entorno montañoso. Las calles, con sus desniveles y sus adoquines, parecen susurrar las historias de aquellos que, hace siglos, transitaban por ellas mientras llevaban a cabo las faenas chacineras.
La arquitectura de Candelario no es solo un testimonio visual, sino una manifestación de la vida cotidiana y el trabajo de sus habitantes. Las casas, muchas de ellas con más de dos plantas, se construyeron pensando en las necesidades de la producción de embutidos, que ha sido una actividad económica esencial en la región durante siglos. El diseño de las viviendas refleja esta dualidad: en la planta baja se encontraba el patio y el picadero, donde se despiezaban los cerdos y se preparaba la carne. Aquí, en estos espacios sombríos y frescos, nacían los productos que más tarde serían conocidos por su calidad en toda la comarca. En la planta intermedia vivía la familia, junto con los trabajadores temporales que acudían durante las épocas de matanza, creando una atmósfera de convivencia y colaboración. Finalmente, en el desván, las galerías de madera y los amplios balcones servían como secadero natural para los embutidos, permitiendo que el aire fresco de la montaña hiciera su magia y contribuyera a la curación del producto.
La vida religiosa en Candelario ha jugado también un papel crucial en la configuración de su identidad. La iglesia parroquial de Nuestra Señora de la Asunción, una joya arquitectónica que se erige en el corazón del pueblo, es un lugar de culto y también un símbolo de la historia y el arte sacro de la región. Su artesonado mudéjar, que evoca la influencia musulmana en la península ibérica, es solo uno de los muchos tesoros que alberga. Los retablos barrocos y churriguerescos, ricamente decorados, y las tallas que datan de los siglos XVI y XVII, ofrecen un testimonio vivo del fervor religioso y la maestría artística de aquellos tiempos. Entre estas, destacan especialmente la talla manierista de San Sebastián, con su elegante y expresiva figura, y el Cristo del Olvido, una impresionante obra románica que ha sido venerada por generaciones de fieles. Estas piezas no solo son valiosas por su antigüedad o técnica, sino por el profundo vínculo espiritual que la comunidad de Candelario ha mantenido con ellas durante siglos.
A pocos minutos del casco histórico de Candelario, los visitantes pueden encontrar el mirador de la Cruz del Herrerito, un lugar perfecto para aquellos que buscan una vista panorámica sobre el valle y las montañas que rodean el pueblo. Desde esta colina situada al suroeste, el paisaje se extiende en todas direcciones, ofreciendo una experiencia visual que difícilmente se olvida. En días despejados, se puede admirar no solo la Sierra de Béjar en su esplendor, sino también las tierras que se extienden hacia el sur, hacia la provincia de Cáceres, y hacia el este, en dirección a Ávila. Este es un lugar ideal para la contemplación, donde el silencio de la naturaleza invita a la reflexión y al descanso. Además, para los amantes de la cultura, el Museo de la Casa Chacinera, inaugurado en 2008, ofrece una inmersión completa en la historia de la tradición chacinera de Candelario, permitiendo al visitante comprender cómo la vida de este pueblo ha estado ligada a la producción de embutidos de manera inseparable.
Por último, pero no menos importante, las festividades de Candelario son una verdadera manifestación del carácter y la vitalidad de su gente. Especialmente significativa es la celebración del día de la Candelaria, cada 2 de febrero, que marca el fin de la temporada chacinera. Durante esta festividad, las calles del pueblo se llenan de vida y color, y la comunidad se reúne para celebrar una tradición que ha perdurado a lo largo de los siglos. La matanza del cerdo, el rito central de esta celebración, es seguida por la probadura de las chichas, un plato tradicional que representa no solo la gastronomía local, sino el espíritu de unión y cooperación que caracteriza a Candelario. Es en estos momentos cuando el pueblo muestra su lado más auténtico, donde la emoción y el orgullo por las raíces se hacen palpables en cada gesto, en cada sonrisa, en cada palabra intercambiada entre vecinos y visitantes.
Candelario es mucho más que un destino turístico. Es un lugar donde la historia, la cultura y la naturaleza se entrelazan en una armonía perfecta, ofreciendo a quienes lo visitan una experiencia única, llena de emoción y descubrimientos.